CAMAGÜEY.- La profesora e investigadora de la Universidad de Camagüey llegó a la comunicación por un camino inesperado. Antes quiso ser geóloga, se formó en el arte y encontró en las aulas una vocación que ha sostenido durante décadas. En esta conversación habla de los jóvenes que la desafían a aprender, de las comunidades que necesitan ser escuchadas y de las deudas íntimas que le dejó intentar conciliar la maternidad con la vida profesional.
Karla Gómez González no suele conceder entrevistas. Lo advierte antes de comenzar, como quien necesita dejar constancia de una pequeña transgresión a sus propias costumbres. Ha estado en numerosos espacios presentando resultados de investigación y compartiendo experiencias de la Universidad, incluso ante personalidades del país. Hablar de sí misma, sin embargo, le resulta menos habitual.
El café literario La Comarca, donde transcurre este encuentro de Estrechando Espacio, es para ella un lugar cercano, de acogida. Lo que no le resulta tan familiar es ocupar el escenario para contar su propia historia. Desde que recibió la propuesta, confiesa, su primera respuesta fue no. Pero está aquí, dispuesta a conversar, y el diálogo comienza a revelar a la mujer que existe detrás de la profesora y la investigadora.

—Antes de llegar a ser la profesora Karla y la investigadora Karla, ¿cómo eras tú? ¿Qué pensabas hacer con tu vida?
—A veces las coincidencias no lo son tanto. En esta Jornada por la Cultura Cubana viene a cuento recordar que mi primera titulación fue en Arte, especialidad Música. Durante mi niñez y parte de la adolescencia estuve en una escuela de formación artística.
“Pero mi primera carrera universitaria fue Ingeniería Geológica, que matriculé en 1985. La veía vinculada al arte y a la búsqueda del conocimiento.”
—¿Geología? ¿Debías haberte ido para Moa?
—Estuve dos años en Moa. En el segundo, cuando tocó bajar a cuevas y minas, utilizar elevadores mecánicos y enfrentar aquellas experiencias, comprendí que eso no era lo que quería. Decidí cambiar de carrera.
“Se convocó por primera vez en La Habana la Licenciatura en Educación Artística como carrera nacional. Hice las pruebas de aptitud y de ingreso, y estudié allí los cinco años. En el último curso, en 1992, la inestabilidad del Período Especial me obligó a terminar el semestre en la Universidad de Camagüey, aunque mi formación había transcurrido en La Habana.
“Después trabajé como docente, impartí Armonía e Historia y Apreciación de la Filosofía y las Artes. Más adelante llegó una solicitud de la Radio para trabajar en la superación de videotecarias y realizadores, incluso en temas de realización para niños y jóvenes e iniciación musical.
“A partir de ese vínculo entre el arte y los medios comenzaron a abrirse otras posibilidades. En 2001, con la apertura de la carrera de Comunicación Social mediante la universalización de la enseñanza, me incorporé a esa formación. Matriculé la carrera y, desde entonces, todo lo que he hecho ha estado vinculado a la comunicación.”

—Después de tantos años en las aulas, ¿qué te preocupa hoy de la formación de los jóvenes: cómo piensan, cómo investigan, cómo se relacionan entre sí?
—Más que preocuparme, admiro la entrega y la dedicación de los jóvenes que tenemos en Periodismo y Comunicación. Admiro cómo, a pesar de todo lo que sucede a diario, encuentran fuerzas para seguir superándose y llegar a ser lo que quieren.
“Todavía encuentras muchachos con valores, con deseos de hacer, con respeto, capacidad para trabajar en equipo y preocupación por los demás. Eso lo vivo en las aulas: cuando un alumno no llega, sus compañeros no se limitan a justificar su ausencia, sino que se interesan por sus problemas.
“Son jóvenes de estos tiempos, con una capacidad de analizar, valorar, comparar y juzgar las circunstancias que les ha tocado vivir. No les censuro esa manera de pensar. Al contrario, desde la diversidad de opiniones y argumentos podemos acompañarlos, orientarlos, ofrecerles nuestro criterio, pero no cambiarles a la fuerza su manera de ver el mundo.”
—¿Qué te han enseñado tus estudiantes? ¿Recuerdas alguno que te haya hecho cambiar tu manera de explicar o de enseñar?
—He tenido tantos estudiantes que los considero como hijos. Todos me han enseñado algo.
“He trabajado con grupos de veinte o treinta alumnos y también con grupos de dos. Las dinámicas cambian completamente. Cada grupo tiene sus características, sus individualidades y sus propias mediaciones. Lo que en un aula se resuelve en veinte minutos, en otra puede llevar una hora.
“De ellos aprendo respeto, cariño y a reconocer la honestidad humana. He tenido que asumir cargos de dirección desde que me gradué, con veintidós años, pero siempre digo que soy docente ante todo. Si tengo clases, no voy a un consejo de dirección. La docencia es lo que me gusta hacer, el lugar donde paso buena parte de mi vida feliz.
“También aprendo de sus canciones, sus modas, sus preocupaciones, de lo que leen y de los autores que descubren. A veces les orientas un estudio independiente y llegan con lecturas que tú no has hecho. Entonces tienes que detenerte y reconocer que también ellos te están enseñando.
“Los estudiantes te retan, aunque no quieras. Cuando alguien que estudia y trabaja comparte una experiencia de vida, puede mostrarte que lo escrito en los libros no siempre explica por completo lo que sucede en la realidad. Para mí, ese intercambio es uno de los mejores espacios de aprendizaje.”

—Si hoy contamos con tantas herramientas para comunicarnos, ¿por qué resulta tan difícil hacerlo?
—Hay varios factores. Considero que la familia no siempre desempeña el papel que necesita. A veces se deja a los niños a la vida, con la expectativa de que la escuela los forme, los perfeccione y les dé todas las herramientas. Pero si la escuela trabaja en una dirección y, al llegar a casa, encuentran otro patrón, comienza la contradicción.
“También hace falta que las instituciones asuman mejor esa responsabilidad y que en las escuelas existan profesionales preparados para trabajar con las herramientas de la comunicación.
“Muchas veces confundimos dialogar con responder, participar con devolver una ofensa, intercambiar con actuar de la misma manera que actuó el otro. Hay que aprender a comunicarse para resolver los conflictos, no para agravarlos.
“Me alegra que tengamos una Ley de Comunicación, aunque me preocupa que cada cual pueda interpretarla y aplicarla a su manera. Hace falta llevar esos aprendizajes a las escuelas y a las comunidades, donde son muy necesarios.
“Los medios también tienen una responsabilidad. Un amigo, Roberto Pareta Bertrán, solía plantear una pregunta cuando conversábamos sobre estos asuntos: ¿qué se consigue con transmitir un mensaje negativo durante setenta capítulos de una novela y reservar el mensaje positivo para el último? ¿Qué termina quedándole al público?
“Una comunicación adecuada es paz, es tranquilidad, es amor.”

—Has estado vinculada al arte y conoces los proyectos que intentan acercarlo a los barrios. ¿Qué falla cuando la comunidad no llega a sentirse parte de las propuestas culturales que se diseñan para ella?
—La comunidad no se interviene. La comunidad se diagnostica. Lo que le gusta a la gente de Belén no tiene por qué gustarle a la de San Juan de Dios.
“En cada lugar viven personas con sentimientos, experiencias, maneras de pensar y necesidades diferentes. Sin embargo, a veces elaboramos un producto cultural y llevamos el mismo espectáculo a todas partes, como si en cada sitio encontráramos idéntica cantidad de niños y adultos, las mismas condiciones y los mismos intereses.
“También puede ocurrir que no estén creadas las condiciones para disfrutar de una propuesta: hay dificultades técnicas, problemas con el lugar o no existen las condiciones para que las personas permanezcan allí y se apropien de lo que se les ofrece.
“Hay que saber qué quiere escuchar la gente, qué desea disfrutar y cómo puede participar. ¿Por qué no dar espacio a esa persona de la comunidad que quiere cantar, bailar o compartir su talento?
“Camagüey tiene proyectos que han trabajado por acercar el arte a los barrios. Para mí, Golpe a Golpe ha hecho mucho en ese sentido. Pero no podemos pensar que llevar un bafle y tres artistas significa, por sí solo, haber realizado un trabajo cultural. La cultura requiere participación, sensibilidad y un conocimiento verdadero de las personas a quienes se dirige.”
—Entre tus investigaciones está la experiencia del cine móvil en Camagüey. ¿Qué te llevó a estudiar ese tema?
—Es una herencia familiar. Mi mamá fue directora del ICAIC en Camagüey durante muchos años y yo la acompañé, desde niña, en la construcción de los cines de los municipios de la provincia. También llegamos a los de Ciego de Ávila y Morón. Viví ese proceso a su lado.
“Cuando se iba a graduar la primera promoción de Periodismo, una estudiante muy talentosa, Liset Fundora, me comentó que le interesaba investigar sobre cine. Le propuse estudiarlo no solamente como fenómeno cultural, sino como medio de comunicación: su impacto, los contenidos que generaba, los públicos y su contribución, en determinado momento, a la alfabetización.
“Así comenzamos a investigar el cine móvil en Camagüey. Fue maravilloso descubrir que aquí hubo un ferromóvil, un barcomóvil, un tractormóvil y otros vehículos que llevaron el cine a diferentes lugares.
“Con fotografías y entrevistas logramos reconstruir parte de aquella experiencia. El trabajo, realizado en 2011, se presentó en eventos y obtuvo premios. Para mí fue un resultado precioso, porque permitió recuperar una historia que merecía ser conocida.”

—Eres una mujer que continúa aprendiendo y tienes pendiente la defensa del doctorado. ¿Qué exigencias ha supuesto conciliar la preparación profesional con la vida familiar?
—Siempre intenté llevar juntas la vida familiar y la académica, siguiendo el ejemplo de mi madre. Ella me enseñó que una mujer debe construir su futuro a partir de lo que es capaz de hacer.
“Tengo dos hijos maravillosos, Marcos y María Alejandra, a quienes adoro y considero mi mejor obra. Pero conciliar la crianza con la preparación profesional ha sido duro. Mi familia es pequeña y nunca tuve una retaguardia que pudiera ayudarme de manera permanente. Los abuelos murieron temprano y no contaba con tíos que pudieran acompañarme en esa tarea.
“Hoy reconozco que me quedan muchas deudas con mis hijos por haber privilegiado la vida profesional y, sobre todo, las responsabilidades de dirección. Hay ausencias que no se pueden recuperar cuando los hijos crecen y comienzan a escoger su propio camino.
“Recuerdo el día de la pañoleta al que no podía asistir porque tenía que estar en la Universidad; el Día del Estudiante, cuando debía atender a mis alumnos; las veces que no pude llevarlos al parque porque había una actividad que cumplir y pensaba que después los llevaría, pero finalmente no podía hacerlo.
“Siempre traté de ser una madre preocupada y exigente, de estar presente tanto como me fuera posible. Sin embargo, al mirar atrás, siento que pude haber hecho más.
“Muchas veces recogía a mis hijos de la escuela a las seis o siete de la noche. Uno estudiaba en la escuela de arte y tenía que ensayar, además de cumplir las tareas escolares. Cuando finalmente se dormían, cerca de la medianoche, yo me sentaba a preparar clases, revisar tesis y estudiar, con una cafetera de café al lado.
“Así fui avanzando en las categorías docentes y en la maestría, mientras preparaba mi investigación doctoral. Todavía tengo pendiente defenderla, a la espera de un programa apropiado.
“A estas alturas, el título no me interesa por lo que pueda representar personalmente ni por un beneficio económico. Me importa que la investigación sirva a la comunidad de investigadores y especialistas en comunicación. Quiero dejar una obra útil. Y, si no llegara a defenderla, quisiera que quedara en manos de alguien que la custodie, la valide y pueda continuar aportando conocimiento.”
—Si pudieras hablar con aquella muchacha que comenzó a dar clases en los años noventa, ¿qué le dirías sobre la mujer que has llegado a ser?
—Le diría, ante todo, que siguiera siendo la persona rebelde que es. La rebeldía te lleva a crisis; las crisis, a conflictos, y los conflictos, al desarrollo.
“Le recordaría que uno no puede ser monedita de oro para caerle bien a todo el mundo. Cuando tienes argumentos, debes defenderlos. No se trata de quién tiene la razón, sino de cuál es la razón.
“También le diría que siguiera soñando, que no considerara imposibles las cosas que se propone. Y le aconsejaría algo que he aprendido con los años: que se dedicara primero a ser madre y después llevara consigo todo lo demás.”
—¿Qué quisieras que recordaran de ti tus estudiantes, más allá de lo que aparece en los programas de estudio?
—Quisiera que recordaran a la profesora amiga, a la que escucha, comprende y no juzga de antemano; a la que está abierta para cualquier confesión, incluso para aquellas cosas que nadie quiere escuchar.
“A lo largo de los años siempre quedan estudiantes con quienes mantienes una relación especial. Algunos viven en otras provincias o en el extranjero. Cuando atravesé un proceso de enfermedad, hubo antiguos alumnos que fueron a mi casa para acompañarme y compartir un rato conmigo. Eso me gratifica muchísimo.
“Para mí, la comunicación es un estilo de vida. No me gusta hacer sentir mal a las personas; al contrario, ver a alguien reír, disfrutar de un espacio y sentirse bien es de las cosas más lindas que existen.
“Soy exigente y a veces puedo ser insoportable, también discuto y me enfado. Pero eso no es lo que predomina. Lo que quisiera que quedara de mí es el cariño y la confianza que he tratado de construir con quienes han pasado por mi vida.”
Al despedirnos, queda la imagen de una profesora que todavía se reconoce aprendiz. La muchacha que abandonó las profundidades de las minas encontró en las aulas y en la comunicación otro modo de explorar: las ideas, las experiencias y los sentimientos de los demás. Su investigación doctoral sigue abierta, como una tarea que desea entregar a otros; y en sus palabras permanece también la conciencia de que no todos los aprendizajes caben en un expediente académico. Algunos llegan con los estudiantes, otros con los hijos y otros, mucho después, cuando una vuelve sobre su propia historia.