CAMAGÜEY.- Había un propósito concreto: celebrar la Muestra de Cine Noruego que por estos días ocupa la sala del Complejo Audiovisual Nuevo Mundo. En el público estaba incluso el embajador del Reino de Noruega. Pero la gala artística de este viernes en el Teatro Avellaneda terminó siendo una oportunidad para volver a ese escenario y, durante alrededor de una hora, recordar cuánto talento cabe en Camagüey.

 Freddys Núñez Estenoz, director de Teatro del Viento, tenía a su cargo la concepción y dirección. Y sacó una de sus cartas de triunfo: la joven actriz Aliannis Sarduy, convertida esta vez en conductora de una gala que, según ella misma avisó al público, no había tenido ensayo.

 No era exactamente una broma. El teatro no tenía electricidad. Un equipo de generación mantenía encendidas las luces del escenario y hacía posible el sonido. Casi al final de la función llegó, ahora sí, la corriente. Para entonces ya habíamos asistido a un espectáculo que parecía sostenerse precisamente sobre esa condición de provisionalidad.

 Aliannis llevaba el guion en la mano, como cualquier presentadora de gala, pero incluso cuando leía encontraba la soltura para mantener el hilo que Freddys había tejido entre artistas, géneros y momentos. Y hasta se atrevió a cantar junto a Yicel Acosta, una solista espectacular. Quienes seguimos el trabajo de Teatro del Viento sabemos que Aliannys canta, compone y ha asumido incluso la dirección musical de obras de Freddys. Aquí apareció, además, otra de sus posibilidades: una conductora desenvuelta, capaz de jugar con el imprevisto sin quedar encartonada.

 Rumbatá abrió el espectáculo. Podría parecer, para quien llega de lejos, una de esas postales cubanas que se preparan para impresionar a un visitante. Pero Rumbatá no es una postal: es una de las agrupaciones que ha hecho escuchar a Camagüey dentro del mapa de la rumba cubana.

 

Después llegaron la calma y la delicadeza de Un día de noviembre, por el Dúo Confluencia; la guitarra y la voz de Evocación en Ángel y habanera; y otra vez la chispa y la sandunga, pero en la danza del Ballet Contemporáneo de Camagüey, con fragmentos de Código Cuba.

 

Teatro del Viento puso el teatro con un pasaje de Esto no es un drama, donde objetos de la memoria analógica —un disco de acetato, un casete, una cámara fotográfica, una carta— dialogan con una generación acostumbrada a la optimización y la velocidad.

 

 Y hubo también lugar para el juego. Reinier Elizarde, en su personaje de Payaso Chocolatiqui, salió apenas unos minutos, pero le bastaron para convertir al público en parte del espectáculo. Lo que funciona lo mismo con niños que con adultos —y esta vez fueron los adultos quienes jugaron— introdujo otra dimensión a la tarde: la posibilidad de reír, responder, dejar por un instante la butaca y participar. Un recordatorio de que una gala también puede permitirse ser lúdica.

 

También estuvieron los jóvenes del proyecto Golpe a Golpe, agrupados como Be Rose, con Chat, una pieza de movimientos rápidos, casi desenfrenados, cercana al universo del pop coreano. Allí aparecieron también otras maneras de ser joven en Camagüey: las de quienes encuentran en el baile un espacio para canalizar inquietudes, probar lenguajes y atreverse con aquello que les gusta.

 

Y Desandann volvió a demostrar por qué su presencia en cualquier escenario termina siendo un acontecimiento. Este coro, con sus voces en creole, sumó a la tarde una sonoridad que ya forma parte de la identidad cultural camagüeyana. Palé Palé, uno de sus nuevos títulos, parece abrir otro horizonte dentro de un repertorio que también ha encontrado en Kote moun yo una manera de crecer y explorar. Hay en esas voces una fuerza y una vitalidad que no necesitan traducción para llegar al público.

 Para cerrar, volvió Rumbatá con La botella. Y ahí estuvo lo más hermoso de la tarde. La Muestra de Cine Noruego ofreció el motivo, pero la gala terminó siendo también una celebración de lo que tenemos aquí. Volver al Teatro Avellaneda, sentarse otra vez frente a ese escenario y encontrar, reunidos en apenas una hora, a músicos, bailarines, actores y cantantes que forman parte de nuestro patrimonio vivo. Eso tiene algo de privilegio.

 Estaban los artistas de larga trayectoria y estaban también los jóvenes que empiezan a encontrar sus propios lenguajes. Estaban la rumba, el bolero, la música popular, la danza, el teatro, el canto en creole y hasta esos movimientos veloces que vienen de otros imaginarios y que aquí también encuentran lugar. Todo cabía en aquella tarde.

 Más allá de la circunstancia que la convocó, agradecí especialmente la posibilidad de volver a mirar el Teatro Avellaneda lleno de artistas nuestros. A veces hace falta una visita de lejos, una muestra extranjera o una ocasión especial para detenernos y recordar el tesoro que tenemos tan cerca.

 Y sí: fue una gala sin ensayo, o casi. Pero tuvo algo que ningún ensayo puede garantizar: la alegría de verlos juntos.