CAMAGÜEY.- Jorge Santos Caballero tenía una manera particular de estar en la vida intelectual: provocando.
No es una exageración. Él mismo lo reconocía. En 2015, cuando conversamos para una entrevista publicada en Adelante, le pregunté si ser un provocador le funcionaba siempre.
«No sé si soy un provocador. Trato que los entrevistados se sientan provocados», me respondió.
Así era también Pluralidades, el espacio de debates teóricos que había creado en 2006 y que durante años sostuvo con una persistencia poco común. Quería discutir, confrontar, tocar puntos candentes, incomodar si era necesario. Defendía la polémica como una forma de pensamiento y se resistía a esa costumbre de colocar rápidamente el cartel de conflictivo sobre todo aquello que oliera a debate.
En noviembre del año pasado volví a verlo en esa cuerda. Durante un panel de la XXXI edición del Premio Nacional Emilio Ballagas, dedicado al ensayo, lanzó una sentencia rotunda sobre la escritura y la capacidad de comunicar. Podía equivocarse, por supuesto. Pero incluso sus errores tenían algo de esa vocación suya por entrar en la discusión, por no dejar que las ideas pasaran de largo.
Era ensayista. Y quizá eso ayude a entenderlo.
Pero yo conocí también a otro Jorge Santos, uno menos estridente y que no cabía tanto en Pluralidades.
Cuando la editorial Ácana le confió el espacio de reseñas para el semanario Adelante de papel, Santos cumplía con una disciplina que agradecía especialmente quien debía cerrar una publicación: entregaba a tiempo y respetaba la extensión acordada. No había que perseguirlo para que cumpliera con el encargo. En aquella época, cuando cada centímetro de una página tenía que ser pensado, esa responsabilidad también decía quién era.
Y había algo más: sus libros, sus papeles, su archivo.
Santos presumía de su biblioteca. Podía hacerlo. Había reunido durante años materiales valiosos para entender la cultura y la historia de Camagüey. Pero recuerdo especialmente una ocasión en que esa biblioteca dejó de ser motivo de orgullo personal para convertirse en herramienta de otro investigador.
El historiador del arte santaclareño Danilo Vega trabajaba en una investigación sobre las academias de arte en Cuba y necesitaba documentación relacionada con la Escuela Provincial de Artes Plásticas José Martí, de Camagüey. Santos había publicado en Ácana, en 2020, Entre esperanzas y desventuras: la Escuela Provincial de Artes Plásticas José Martí, de Camagüey (1952-1962).
Danilo le pidió ayuda.
Santos buscó en sus papeles y puso a su disposición documentos originales que ni siquiera habían entrado en aquel libro. Me dijo entonces que tenía más información sobre la escuela, sobre su relación con otras academias y sobre los profesores que habían venido a Camagüey, pero que algunos materiales estaban en un lugar de la casa donde no había corriente eléctrica.
No puso condiciones para compartir lo que ya tenía. Solo pidió que, cuando aquella investigación terminara, Danilo le enviara la tesis o el libro que resultara de ella.
También quería hacerle llegar Los confines del hacedor, su libro de crítica de artes plásticas publicado por Ácana.
Ese episodio me ayuda a recordar otra dimensión de Santos: el hombre que podía ser generoso con aquello que había acumulado. El archivo no era solamente una colección para presumir de cuánto sabía o cuánto tenía. También podía convertirse, cuando otro lo necesitaba, en una puerta abierta.
La promoción de la lectura era otra de esas puertas.
Su Club Itinerante de Lectura llegaba cada viernes a hogares maternos y casas de abuelos y conseguía involucrar a escritores, investigadores, músicos, artistas escénicos y creadores de otras manifestaciones en la animación cultural. Por esa ejecutoria en Camagüey durante 2019 recibió el Premio Raúl Ferrer, que concede la Biblioteca Nacional José Martí al mejor promotor de la lectura en Cuba.
No era poca cosa para alguien que, además de escribir sobre libros, entendía que los libros tenían que salir a encontrarse con la gente.
Santos había nacido entre el arte. Hijo de un importante pintor camagüeyano, estuvo vinculado desde niño con la cultura.
Abogado de profesión, fue escritor, ensayista, crítico de arte, profesor, periodista e investigador. Estudió con particular asiduidad a Hemingway y a Raúl Roa, y dedicó buena parte de su obra a la cultura, la historia y el acontecer cubanos.
Pero los títulos y las profesiones no terminan de explicar a una persona.
A Santos había que escucharlo. Y discutirlo.
En 2025 Ácana publicó Andando con pies de plomo, nacido de los textos de la columna homónima que publicaba en el portal cultural Pprincipe. El título parecía hecho a su medida: mirar las cosas desde un ángulo propio, avanzar con cautela, pero sin dejar de decir lo que pensaba.
La última vez que nos vimos llevaba consigo un ejemplar de ese libro. Quedó en prestármelo.
Lo leeré cuando consiga tenerlo.
Y habrá algo extraño en esa lectura: encontraré allí seguramente al Santos que discutía, que provocaba, que se empeñaba en mirar las cosas desde un prisma particular. Pero ya no podré devolverle el libro con mis comentarios, ni discutir alguna página, ni decirle que estaba equivocado en esto o que tenía razón en aquello.
Quizá esa sea la última conversación que nos queda: leer a alguien cuando ya no podemos contradecirlo.
Jorge Santos fue controversial. Sería injusto borrarle esa parte para hacerlo más cómodo después de muerto. Pero también sería injusto reducirlo a sus polémicas.
Queda el provocador de Pluralidades. Queda el ensayista. Queda el crítico. Queda el hombre de biblioteca y archivo. Queda el que cumplía puntualmente con una página de periódico. Queda el que buscó documentos para que otro pudiera continuar una investigación. Queda el promotor de lectura que sacaba los libros de sus estantes para llevarlos a hogares maternos y casas de abuelos.
Y queda, para mí, aquel hombre con un ejemplar de Andando con pies de plomo bajo el brazo, prometiéndome un préstamo que ahora tendrá que esperar.
Lo leeré, Santos.
Y, aunque ya no pueda decírtelo directamente, seguramente tendré algo que discutir contigo.