CAMAGÜEY.- A Rocío Suárez Rivero, de 24 años, le gustan las historias. Las lee, las escribe, las juega. A veces las encuentra dentro de un videojuego; otras, en un libro escondido en una casa virtual o en las puntadas de un tejido que empieza deforme y termina pareciéndose a lo que imaginó.
También le gusta aprender. Quizá por eso, cuando vio el cartel de la convocatoria del taller de crochet de la Asociación Cubana de Artesanos Artistas de Camagüey, se dijo algo parecido a: “Venga, vamos a empezar algo nuevo de una puñetera vez”.
No sabía que el crochet terminaría enseñándole algo que necesitaba aprender desde mucho antes: a hacer las cosas aunque tuviera miedo.
Rocío trabaja como instructora en el Parque Tecnológico El Bosque, en Camagüey. Estudió para ser secretaria, pero su curiosidad parece no caber en ningún título. Un día quiso viajar a Viena y comenzó a estudiar alemán. Le interesa la fotografía, herencia de su padre. Escribe. Perteneció a MangaQba y ahora forma parte de un grupo más amplio de amigos que prepara un nuevo proyecto, Friki Fest, pensado para reunir libros, películas, dibujos, videojuegos y otras formas del llamado arte de la pantalla. Incluso sueña con hacer un videojuego.
Son tres, cuenta primero: quien escribe la historia, quien programa —su esposo— y quien se ocupa del arte. Después aclara que ya son más. Diez, por ahora. Apenas están comenzando. Hace unos días se les ocurrió que podían hacer algo juntos y ya piensan en actividades para niños, juegos interactivos y proyecciones.

Rocío parece vivir así: descubriendo una puerta y queriendo saber qué hay detrás.
En El Bosque observa a los muchachos que llegan, sobre todo, a jugar Dota. También acompaña a los adultos mayores que necesitan ayuda para conectarse con las nuevas tecnologías. A unos les interesa el mundo digital porque allí encuentran entretenimiento; a otros hay que enseñarles, paso a paso, cómo entrar en él.
Ella está convencida de que la tecnología no es buena ni mala por sí misma. Depende de lo que hagamos con ella. Por eso defiende los videojuegos como quien defiende el derecho a leer. Cuando en la escuela la veían con un libro, también le preguntaban por qué perdía el tiempo leyendo. Ahora le preguntan por qué alguien puede pasar horas jugando.
Rocío piensa que hay videojuegos que cuentan historias complejas, que tienen géneros, personajes, mundos y hasta libros. Habla de Expedición 33, donde descubrió a Monoco, un pequeño personaje alegre que terminó acompañándola hasta su nombre en las redes. Habla de Skyrim y de esos libros de más de cincuenta páginas que pueden encontrarse dentro de una casa virtual y que, si una quiere, se sienta a leer para entender mejor la historia de aquel mundo.
“Siempre hay algo más”, dice. Esa frase explica buena parte de su manera de mirar.
Rocío también cree que hay que enseñar a los niños a vivir antes de ponerles un teléfono en las manos. No reniega de la tecnología. Al contrario: quiere que sirva para ayudar al ser humano y no para sustituirlo.

En su casa, incluso ha intentado abrirles esos mundos a sus padres. A ambos les ha mostrado películas, aplicaciones y posibilidades que antes no conocían. Y a ellos también les está enseñando algo más difícil: que su hija ya creció.
Rocío es hija única. Sus padres tienen 56 años y, según cuenta, ella creció rodeada de advertencias: “Ten cuidado con todo”. No camines por ahí que puedes caerte. No hagas esto porque puedes lastimarte. No aquello porque a la gente puede no gustarle. Una crianza hecha de amor, pero también de miedo.
Su madre, además, vivió durante años marcada por circunstancias familiares que hicieron que el cuidado se volviera una forma de vida. Rocío comprende ahora que sus padres aprendieron a protegerla de la misma manera en que ellos fueron protegidos: intentando que nada malo ocurriera. Pero ella quiere salir.
“Yo he tenido que aprender a salir forzosamente del nido porque no me quieren soltar”, dice. “Pero yo ya tengo 24 años”.
Tal vez por eso el crochet tenga tanta importancia.
La primera vez que llegó al taller de Las hormigas locas, no fue precisamente una alumna diestra. Jorobaba tanto un dedo que la profesora Maribel Vidal tuvo que entablillárselo. Rocío no se fue. Siguió.
Ahora mira dos muestras de tejido. Una le salió deforme. La otra, mucho mejor. La diferencia entre ambas cabe en unas cuantas horas de práctica, pero para ella significa mucho más.
“Mira, con perseverancia puedes lograrlo, aunque te equivoques. No tengas miedo”.
Habla despacio. Es tímida. Mucho. Dice que necesita tiempo para sentirse tranquila con las personas y que, aunque se lleva muy bien con Maribel, para estar completamente relajada tendría que conocer a alguien desde hace años. Aun así, viene. Viene con su ansiedad social, viene con sus dudas, viene a aprender. Y teje.
“La práctica hace al maestro. Esa frase no está por gusto. Nadie nació sabiendo correr. Primero gateas, te caes cuatro veces… Siempre vas a lograrlo si te propones conseguirlo”.
Mientras habla, parece estar describiendo una pieza de crochet. Pero también podría estar hablando de ella misma. De la niña a la que le enseñaron a tener cuidado. De la joven que quiere aprender alemán porque alguna vez pensó viajar a Viena. De la muchacha que escribe historias para un videojuego que todavía no existe. De la instructora que ayuda a una generación analógica a conectarse con el mundo digital. De la hija que empuja a su madre a salir de casa y le dice que pruebe el Tai Chi con Evelin Méndez, su antigua compañera de estudios. De la joven que quiere que sus padres comprendan que ella puede hacer cosas sin romperse.
Quizá por eso también les ha tejido. A su madre le ha hecho florecitas. A su padre le ha enseñado algunas aplicaciones. Pequeños gestos para devolverles el cuidado.
Su padre, Alexis Amado, es fotógrafo y trabajó durante años en Trimagen. También es músico, poeta y, como ella misma lo define, «loco». Rocío lo admira porque, dice, hace lo que sea necesario para sacar adelante a su familia.
Ella, mientras tanto, está intentando construir la suya propia, a su manera, con historias, fotografías, videojuegos, proyectos culturales, alemán y crochet. No piensa dejar de escribir. Tampoco de tejer. Porque cada cosa nueva que aprende parece quitarle un poco de aquel miedo con el que creció.

En Instagram, Rocío se llama die_sonne. Aprendió que die es un artículo femenino en alemán y que Sonne significa sol. Le pareció curioso descubrirlo escuchando una canción de Rammstein: en alemán, el sol es femenino.
En WhatsApp suele identificarse como Monoco, aquel personaje alegre que encontró en un videojuego.
Entre un nombre y otro, entre el sol y ese pequeño personaje, está Rocío. Una muchacha que todavía llega temblando a veces. Pero llega. Y aprende. Y teje. Y escribe. Como si, puntada tras puntada, estuviera descubriendo que también se puede salir del nido sin dejar de querer a quienes construyeron las alas.