CAMAGÜEY.- “Estos graduados merecen este alboroto y más”, dijo la directora de la filial camagüeyana de la Universidad de las Artes ISA en el Dodos' Café mientras concluía una de las graduaciones más singulares de la institución.

Alboroto. La palabra parecía desproporcionada para una ceremonia donde apenas se graduaban dos estudiantes. Uno de ellos ni siquiera pudo llegar.

Ángel Enrique Ruiz Álvarez, licenciado en Música, perfil saxofón, permanecía en Las Tunas. Apenas una provincia de distancia. Apenas unos kilómetros sobre el mapa. Pero la Cuba de hoy ha conseguido que a veces una provincia parezca un continente. Las dificultades del transporte, la incertidumbre de los horarios, los costos, las interrupciones constantes de la vida cotidiana, impidieron que estuviera presente en el acto que marcaba oficialmente el final de años de estudio.

Aquí estaba Kadier Gerardo Fuentes Cardet, graduado de la Facultad de los Medios de Comunicación Audiovisual, con doble perfil en Guion y Dirección, una condición inédita en la historia de la filial. Recibía también el título de oro y la distinción de graduado integral.

La sensación era que aquella ceremonia hablaba de muchos más. Porque graduarse de arte en la Cuba actual supone una acumulación de obstáculos que rara vez aparecen en los diplomas.

En el caso del audiovisual, la pregunta elemental no es qué historia contar, sino cómo lograr las condiciones mínimas para contarla. ¿Cómo escribir un guion cuando la electricidad desaparece varias horas al día? ¿Cómo cargar una cámara? ¿Cómo alimentar luces? ¿Cómo sostener una computadora encendida durante jornadas enteras de edición? ¿Cómo terminar una obra cuando cada fase del proceso depende de una energía que nunca está garantizada?

La respuesta está dispersa en cientos de soluciones improvisadas: baterías, inversores, préstamos, favores, horarios alterados, madrugadas aprovechadas cuando regresa la corriente, equipos compartidos, proyectos colectivos.

Detrás de cada minuto terminado hay una ingeniería silenciosa de resistencia. Por eso resultaba significativo que la graduación no ocurriera en un salón institucional, sino en Dodos' Café, el espacio impulsado por el realizador de animación Keiter Castillo. Más que una cafetería o un centro cultural, el lugar se ha convertido en refugio creativo para una generación de jóvenes realizadores camagüeyanos. Allí han encontrado comunidad. Allí tocó para la graduación la Orquesta de Cámara José Marín Varona, uno de los proyectos artístico-pedagógicos que apuntalan maestros y alumnos del ISA.

En ese ecosistema creció también parte de la obra de Kadier. Su corto de graduación, Ánimas, proyectado durante la ceremonia, parece dialogar involuntariamente con la realidad que lo hizo posible. Durante unos doce minutos seguimos a un hombre condenado a caminar sin descanso por las calles de Camagüey. Solo puede detenerse media hora. Solo dispone de breves pausas para tomar café amargo y pensar. Después debe continuar.

La historia mezcla imágenes reales con intervenciones animadas sobre el propio fotograma. La animación, trabajada en la posproducción por Ray Ortega, invade la realidad y la transforma. Como si los espíritus ocultos de la ciudad emergieran desde las paredes, los portales y las calles.

Es una película sobre maldiciones. Pero también podría verse como una metáfora de estos años. Porque hacer cine en Cuba se ha parecido muchas veces a caminar sin detenerse. Avanzar aun cuando faltan recursos.
Continuar aun cuando la lógica aconsejaría renunciar. Buscar una salida mientras las condiciones materiales parecen imponer una condena.

Por eso las palabras del propio Kadier durante el discurso de graduado tuvieron un peso especial. Habló de gratitud hacia los profesores por enseñarle “la practicidad del oficio” y también “la intelectualidad”. Dos dimensiones que suelen aparecer separadas y que, sin embargo, resultan inseparables para quienes intentan crear en circunstancias difíciles.

También se refirió a una vieja incomprensión social hacia las carreras artísticas. “A partir de ahora somos licenciados. Artistas éramos, somos y seremos”. Era una declaración sencilla, pero contenía una verdad profunda. El título certifica conocimientos. El arte, en cambio, suele empezar mucho antes de la acreditación académica y continúa mucho después.

La directora Dra. Dalia de Jesús Rodríguez Bencomo recordó que desde 1989 la filial ha graduado 438 profesionales en música, danza y comunicación audiovisual. Son cifras que hablan de continuidad institucional. Pero esa mañana el dato más revelador estaba delante de todos: dos jóvenes lograndon llegar al final de un trayecto especialmente difícil. Uno desde la presencia. Otro desde la ausencia.

La palabra “alboroto” terminó encontrando su medida exacta. No se celebraba solamente la culminación de una carrera universitaria. Se celebraba la persistencia. La capacidad de sostener una vocación artística en un país donde, con frecuencia, las condiciones materiales discuten cada día la posibilidad misma de crear.

Sí. Aquellos graduados merecían ese alboroto. Y quizá merecían todavía más.