CAMAGÜEY.- Regresé al Coloquio Nacional de Periodismo Cultural. Ya transita por la novena edición. Fue inevitable recordar la primera vez, en 2018. Una alerta por intensas lluvias amenazaba con frustrar el encuentro, pero los participantes llegaron. Cruzaron el país como pudieron para reunirse en Camagüey y conversar sobre un oficio que entonces, como ahora, enfrentaba incertidumbres.
Volver al Coloquio también significó recordar a quienes ayudaron a darle forma. Luis Álvarez Álvarez, fallecido recientemente, insistía en que el periodista cultural debía ser mucho más que un transmisor de información: un “gestionador de pensamiento”, alguien capaz de contextualizar, interpretar y ofrecer herramientas para comprender la cultura en toda su complejidad. José Aurelio Paz, por su parte, defendía una crítica dispuesta a asumir riesgos, a discutir las obras sin complacencias y a resistir lo que llamaba la “industria del embobecimiento”. Entre ambos trazaron una ruta que hoy sigue interpelándonos.
Pensé que quizá el principal logro de aquel espacio no fue convertirse en un evento periódico, sino fundar una conversación. Una conversación que sigue siendo necesaria.
Las reflexiones compartidas esta vez por el crítico Juan Antonio García Borrero dialogaron con algunas de las ideas expuestas recientemente por Kirvin Larios en sus Notas sobre crítica y periodismo cultural. Ambos, desde perspectivas diferentes, apuntan hacia una preocupación común: la pérdida de espacios para la crítica y para el ejercicio pausado del pensamiento en un entorno dominado por la velocidad, la fragmentación y la producción constante de contenidos.
Larios advierte sobre la progresiva desaparición de la figura del crítico en una época que privilegia al “creador de contenido”. También recuerda cómo las páginas culturales han sido desplazadas de los medios de comunicación y cómo los suplementos culturales fueron de las primeras víctimas de la crisis de la prensa impresa. Su observación resulta particularmente pertinente en un contexto donde la cultura suele ser presentada como entretenimiento o como un alivio frente a la agenda informativa más dura, en lugar de asumirse como una dimensión esencial para comprender la sociedad.
Por su parte, García Borrero insistía en una idea igualmente relevante: la cultura desborda a las instituciones que intentan organizarla. El cine es mucho más que las películas; la cultura es mucho más que la programación oficial. Existe en los márgenes, en los procesos, en las relaciones y en las experiencias cotidianas que rara vez llegan a las agendas visibles.
Sin embargo, la discusión sobre el periodismo cultural en Cuba enfrenta hoy un desafío adicional. Antes incluso de preguntarnos qué modelos críticos necesitamos o cómo recuperar la atención del público, debemos preguntarnos en qué condiciones se está ejerciendo el periodismo.
La crisis económica y energética ha transformado radicalmente las dinámicas de trabajo en las redacciones. La reducción de recursos, las dificultades de transporte, los apagones prolongados y las limitaciones tecnológicas afectan directamente la capacidad de reportar, investigar y acompañar la vida cultural de los territorios. Muchas actividades quedan sin cobertura no porque carezcan de interés periodístico, sino porque resultan materialmente inaccesibles.
La consecuencia es doble. No solo se precariza el ejercicio profesional, sino que también se estrecha la representación de la cultura que llega a los medios. Mientras una parte de la vida cultural permanece dentro de los circuitos institucionales más visibles, otra queda fuera del relato público.
De ahí que una de las preguntas más urgentes no sea únicamente qué periodismo cultural queremos hacer, sino qué cultura estamos logrando contar y cuál está quedando fuera de nuestra mirada.
En uno de los pasajes citados por Larios aparece una frase de la escritora Samanta Schweblin: “Prestar atención es el superpoder más grande”. Tal vez ahí resida todavía una de las tareas fundamentales del periodismo cultural: prestar atención allí donde otros no miran; detenerse cuando todo empuja a la prisa; abrir espacios para comprender aquello que, aun en medio de la crisis, sigue definiendo quiénes somos.
Quizá por eso siguen resonando algunas de las ideas que José Aurelio propuso en aquel primer Coloquio: ejercer la crítica sin temor a equivocarse, no dejarse domesticar por las tecnologías ni por las visiones burocráticas de la cultura, descubrir las historias que otros pasan por alto y seguir construyendo, desde las ruinas y las incertidumbres del presente, ese edificio permanente del alma cubana. Son principios formulados hace años, pero que conservan una vigencia inquietante.