CAMAGÜEY.-La tarde caía con suavidad sobre el patio del Hotel El Colonial by Mystique, y no parecía el momento para grandes despliegues, sino para la escucha. En ese tono íntimo, sin estridencias, Yicel Acosta construyó un concierto que, más que un repaso de repertorio, terminó siendo una afirmación personal.

 Durante poco más de una hora —diez temas cuidadosamente pensados y uno más, fuera de programa, a petición del público— la cantante se movió con naturalidad entre bolero, bachata, balada-rock, salsa, son, funky y merengue. No fue dispersión, sino versatilidad sostenida por el formato de Mi Jazz, agrupación que, bajo la dirección del percusionista Yosbel Veloz, ofreció una base flexible y elegante para ese recorrido.

 Yicel no es una artista de largos parlamentos. Presenta lo justo y vuelve a la música. Allí está su centro. Sin embargo, el silencio entre canciones no implica distancia: al contrario, deja espacio a una interpretación donde lo emocional se impone. Hubo nervios —visibles, humanos— y también lágrimas en más de un momento, no como quiebre, sino como parte de una entrega sin artificios.

 Cinco años atrás, en entrevista, hablaba de su deseo de abarcar géneros, de encontrar un lugar donde convivieran sus afinidades por la música en inglés y las raíces cubanas, de crecer sin necesidad de impostar una imagen. Aquella aspiración, entonces en construcción, encontró en esta tarde una forma concreta.

 El repertorio lo confirmó. Cuatro temas en inglés dialogaron con el resto en español, y en ellos se percibió una manera de frasear más cercana a la tradición anglosajona —esa vocalización que estira los sonidos y modela cada palabra—, sin que ello desdibuje su identidad.

 

Entre los momentos más logrados estuvo el dúo con su hija, María Isabel, en Tell Him, una interpretación que trascendió lo musical para instalarse en lo simbólico: la continuidad, la herencia, la emoción compartida. También el diálogo con colegas como Eduardo Cruz —a quien reconoció como su primer compañero de escenario profesional hace 25 años—, con quien interpretó Si te cansaste de mí, y los pasajes colectivos junto a John Márquez y Tania González, que aportaron dinamismo y complicidad.

Hubo espacio, además, para el estándar The Look of Love y para una lectura de Beautiful Things, esta última acompañada por la intervención escénica de un dúo de bailarines, en un momento donde lo visual complementó la atmósfera sonora sin desplazarla.

 Más allá de los invitados y la variedad de géneros, el concierto encontró coherencia en su intención: mostrar una artista que ya no ensaya posibilidades, sino que las habita. Aquella cantante que hablaba de resistencia y de caminos difíciles aparece hoy con un proyecto sólido, capaz de integrar influencias, sostener una narrativa musical y, sobre todo, confiar en su propia voz.

 La relación de Yicel Acosta con la música no es circunstancial. Nació en un entorno donde el sonido formaba parte de lo cotidiano: su abuelo, percusionista y segunda voz en un cuarteto vocal; su padre, guitarrista y director de agrupaciones; su madre, integrante de un coro profesional; y una hermana también inclinada al canto. Ese tejido familiar no solo la acercó tempranamente al escenario, sino que moldeó una sensibilidad que hoy se percibe en la manera en que asume cada interpretación, más desde lo orgánico que desde lo aprendido como fórmula.

 Sin embargo, su camino no fue lineal. En un giro que parece ajeno a ese origen artístico, se formó durante un tiempo como técnico medio en Metrología, una elección que habla de búsquedas, desvíos y regresos. Esa experiencia, lejos de contradecir su vocación, termina revelando otra dimensión de su trayectoria: la de una artista que no responde a moldes preestablecidos, sino que ha ido construyendo su lugar desde decisiones propias, incluso cuando estas implicaron alejarse momentáneamente de la música. Hoy, esa historia también resuena en escena, como parte de una identidad que no se presenta acabada, sino vivida.

 Conciertos como este invitan a repetirse. No solo por el resultado artístico, sino por la armonía entre propuesta, espacio y producción: el patio de El Colonial demostró ser un entorno idóneo para formatos íntimos, donde la cercanía potencia la escucha y la emoción. A ello se sumó un equipo de realización atento a cada detalle, con un aseguramiento técnico y organizativo que permitió que la música fluyera sin sobresaltos, bajo la conducción del director artístico Gregorio Márquez, cuya mirada integradora sostuvo la coherencia del espectáculo. En ese contexto, también fue visible otra dimensión esencial: el acompañamiento humano. Entre el público estaban su familia, colegas, amigos y vecinos, un tejido cercano que no solo asistió, sino que participó emocionalmente de una tarde donde la celebración trascendió el escenario para convertirse en un acto compartido.

Los reconocimientos institucionales por sus 25 años de carrera, respaldados por el Centro Provincial de la Música y los Espectáculos de Camagüey, marcaron un punto de celebración, pero no definieron la tarde. Lo esencial ocurrió en escena: en la manera en que cada tema fue asumido, en la relación con el público, en esa contención que poco a poco se transformó en entrega.

 Cuando, al final, accedió a cantar una más, ya fuera del programa previsto, el gesto resumió todo lo anterior. No se trató solo de complacer una petición, sino de confirmar una conexión. Para entonces, el nerviosismo inicial había quedado atrás. En su lugar, permanecía una artista que, cinco años después de declararse en búsqueda, parecía haber encontrado algo más importante: el espacio donde ser plenamente ella misma.