CAMAGÜEY.- No siempre una quiere viajar lejos. A veces bastaría con volver. Volver, por ejemplo, a Matanzas, donde la luz tiene una manera distinta de posarse sobre las cosas y donde la familia —como las raíces— no se discute: se siente. Allí está mi prima Yudi (Yudieska García). Nació en esa ciudad, pero lleva dentro otra geografía: la de Camagüey, que le respira en la sangre. Quizá por eso eligió bordar, entre todas, una mariposa precisa: la Phoebis avellaneda.
Su historia no empieza en la tela, sino en el siglo XIX, cuando Juan Cristóbal Gundlach —incansable observador de la naturaleza cubana— descubrió esa especie que luego sería descrita por otro entomólogo alemán. El nombre, sin embargo, no fue casual: era un gesto de admiración hacia Gertrudis Gómez de Avellaneda, “Tula”, la poeta que parecía escribir con la misma libertad con que vuelan las mariposas.

Hay quienes cuentan —y Guillermo Carmona lo recoge como quien deja una puerta entreabierta a la imaginación— que Gundlach y la Avellaneda se conocieron en una fiesta en el Palacio de los Capitanes Generales. Él, científico; ella, artista. Y en ese cruce improbable, el naturalista habría encontrado en la escritora algo tan extraordinario como los diseños de la naturaleza: lo único más caprichoso y bello que el corazón de un poeta.

No es difícil creerlo. La Phoebis avellaneda, con ese tono entre dorado y rojo tornasolado, parece hecha de una materia que no es del todo biológica ni del todo simbólica. Como si llevara en las alas un pacto antiguo entre la ciencia y la poesía.
También Matanzas aparece en ese vínculo, como un punto de gravedad. Tula vivió un tiempo en Cárdenas, donó objetos para la construcción del Teatro Sauto y escribió sobre la ciudad; Gundlach, por su parte, hizo del litoral matancero un laboratorio vivo, fundando colecciones, observando especies, quedándose —como tantos— porque Cuba termina por retener a quien la mira demasiado de cerca.

Y ahora, más de un siglo después, las alas regresan, pero en forma de hilo. Mi prima y la diseñadora Adilén Díaz a la que representa han decidido salirse de la pasarela, abandonar por un momento la fugacidad de la moda, para concentrarse en algo más lento y más profundo: bordar aves y mariposas endémicas de Cuba. Incluso tienen un taller donde enseñan a niñas a hacer de cada puntada un gesto de memoria. En una de las publicaciones del proyecto se lee que “las agujas y los hilos se visten de alas”. No es una metáfora excesiva: es exactamente eso lo que ocurre.
Pienso entonces en otra historia que quedó suspendida, como crisálida. En 2020 se anunció que en Camagüey se construiría un mariposario que llevaría el nombre de Avellaneda. Un espacio vivo, con salas de vuelo, plantas hospederas, laboratorios y niños aprendiendo el ciclo de la metamorfosis como quien aprende también a cuidar. Iba a ser, además, un centro cultural donde la ciencia dialogara con los mitos y la literatura. No sé en qué punto quedó ese proyecto. Tal vez exista. Tal vez no. Pero la idea persiste, que a veces es otra forma de existir.
Hay algo curioso en esa coincidencia: mientras un mariposario prometía enseñar el vuelo real de los insectos, en Matanzas unas manos jóvenes están bordando su vuelo simbólico. Como si el país, sin ponerse de acuerdo, insistiera en no dejar caer esa imagen.
El 17 de julio, cuando los restos de Juan Cristóbal Gundlach sean honrados en la Oficina del Conservador de Matanzas —identificados años atrás por Ercilio Vento—, no solo se recordará a un científico. También, de algún modo, se cerrará un círculo: el del hombre que nombró una mariposa por admiración a una poeta, el de la poeta que dejó huellas en esa ciudad, y el de unas muchachas que hoy, con hilo y paciencia, devuelven esas alas al presente.
Porque a veces no hace falta viajar lejos. A veces basta con volver —a Matanzas, a la familia, a la memoria— y descubrir que, en el lugar de siempre, todavía están ocurriendo cosas extraordinarias.