CAMAGÜEY.- Joaquín de Varona Lezcano dice que no le gusta hablar de sí mismo. Es lógico. Lleva buena parte de su vida detrás de un micrófono, en ese lugar extraño donde una voz puede acompañar a cientos de personas que nunca veremos y, sin embargo, terminan sintiéndose conocidas. En la radio uno puede ser compañía sin necesidad de mostrar el rostro.

Por eso, cuando lo invitaron a Estrechando Espacio, en el café literario La Comarca, llegó con cierta desconfianza.

—Yo pensé que nunca iba a venir aquí porque no tengo mucho que decir. ¿Qué voy a contar yo? Tú me trajiste porque eres amiga mía.

Lo dice sonriendo. Ya para entonces nos hemos reído varias veces.

Joaquín es así: cuenta una historia y se ríe de ella; recuerda al hombre que fue y parece encontrarlo un poco increíble. Sobre todo, cuando habla de aquel muchacho que no sabía muy bien qué hacer con su vida y que, según sus propias palabras, era “un desastre”.

EL NIÑO DE LA ABUELA

En su casa no había un ambiente especialmente relacionado con la cultura. Su padre era obrero. Su madre, ama de casa. Y estaba la abuela, ese personaje que aparece una y otra vez en su relato como una especie de primera escuela. De ella aprendió la honestidad, el respeto, el trabajo, la solidaridad, la generosidad. También aprendió algo menos solemne: que faltar a la escuela no era una posibilidad.

—Cuando no quería ir a la escuela le decía que me sentía mal. Y ella me decía: “Vamos para la escuela, que si te sientes mal yo te busco en la ambulancia”.

Joaquín se ríe. Había intentado incluso provocarse fiebre poniéndose jabón de lavar debajo del brazo. No funcionaba.

—No podía faltar nunca jamás a la escuela.

Después vendría la confesión que parece contradecir al hombre que tenemos delante.

—Yo no era tan buen alumno. Posiblemente era el peor de la escuela. Ya no sabían en qué aula ponerme.

¿El peor?

—Yo era un líder problemático.

Tenía asignaturas en extraordinario, no era precisamente brillante en Educación Física y, al terminar noveno grado, tampoco sabía qué quería hacer con su vida. Probó Economía. No terminó.

Trabajó con su padre en los Ferrocarriles, en el departamento de Expreso, repartiendo bultos por Camagüey. Allí aprendió la ciudad de una manera que todavía se le nota cuando habla de ella: sabía dónde estaba cada número, cada edificio, cada calle.

Después pasó por una fábrica de camisas. Y allí decidió que tenía que marcharse. No porque robara. Precisamente porque otros podían hacerlo.

—Todos los días se perdía algo: un cono de hilo, una camisa, una aguja. Yo no me llevaba nada, pero me dije: me tengo que ir de ahí.

Entonces llamó a Radio Cadena Agramonte.

PRIMERO, LA PUERTA

No entró como director. Ni siquiera como trabajador de la radio. Entró para cuidar la puerta.

—Custodio.

La palabra provoca otra sonrisa. Aquella primera guardia tuvo, además, visitantes importantes como Ramón Castro, el hermano de Fidel. Pero lo verdaderamente importante para Joaquín estaba todavía por suceder. Tenía alrededor de treinta años y, mientras trabajaba en la emisora, descubrió que existía el Instituto Superior de Arte (ISA), que existía una carrera relacionada con los medios audiovisuales y que podía estudiar. Hizo las pruebas en Holguín. Aprobó. Y entonces comenzó otra historia.

El 19 de abril de 2000, cuando las emisoras provinciales comenzaron a transmitir las 24 horas, Joaquín empezó a dirigir en la madrugada. Salía de la emisora a las cuatro de la mañana con su maletín, llegaba a la terminal y tomaba el tren hacia Holguín.

Las clases comenzaban a las siete. Terminaban a la una. Después del almuerzo volvían a las dos y seguían hasta las siete de la noche. Mientras los demás estudiantes salían, Joaquín dormía. A veces ni comía. Terminó en cinco años la Licenciatura en Arte de los Medios de Comunicación Audiovisual, especialidad Dirección.

—Fue de mucho trabajo literalmente, contratiempo, pero lo hice.

La frase parece sencilla. Pero resume bastante bien al hombre que llegó a la radio por una puerta que primero tuvo que cuidar.

EL HOMBRE QUE APRENDIÓ A DIRIGIR

Hay una pregunta inevitable. ¿Cómo terminó aquel muchacho que no sabía dividir ni restar —según su propia exageración humorística— convertido en alguien que hoy dirige personas?

Joaquín no responde hablando de autoridad. Habla de ejemplo.

—Yo aprendí que uno tiene que ser el ejemplo. Yo soy el primero que llega. El primero que hay que respetar al colectivo. El director tiene mucho de psicólogo y de líder, sobre todo, tiene que saber cómo motivar a la gente.

Y enseguida llega una de esas frases que parecen simples hasta que se colocan junto a la historia anterior:

—Yo respeto para que me respeten.

Quizás ahí esté una de las claves de su transformación. El muchacho que alguna vez fue “un líder problemático” aprendió que dirigir no consiste solamente en decirles a otros qué hacer. Consiste en hacerlo primero.

UNA VOZ PARA CUANDO NADIE ESTÁ

Joaquín habla de la radio con una familiaridad que no parece adquirida solamente en los años de profesión. La escuchaba desde niño con su abuela.

Recuerda aquel radio grande de botones y teclas, con su “ojo mágico” que cambiaba según la sintonía. Recuerda programas, voces, horarios. Carlos Puebla y sus Tradicionales. Las Hermanas Martí. Los danzones. Carmelina Valdés y Joseíto González. Mario Limonta.

Y recuerda también el momento en que aquellos nombres dejaron de ser voces lejanas y se convirtieron en personas. Conocer personalmente a Moraima Ruiz, Yudith Moya, Yanet Lavastida, Rafael Álvarez, Omero de Dios o Francisco Rivero fue, para él, una felicidad.

Después vinieron los programas. Musicalísimo. Miscelánea. Ecos de México. Y muchos otros. Pero si hay algo que Joaquín prefiere es el riesgo. El programa en vivo.

—El programa grabado tiende a la perfección. Es más frío. En el estudio todo queda limpio: los niveles, las entradas, la música, las voces. No hay equivocaciones.

Y justamente por eso no es lo que más le gusta.

—Yo prefiero hacer mil programas en vivo, con equivocaciones. Porque puede fallar el locutor. Puede equivocarse la música. Puede aparecer un silencio inesperado. Puede haber un bache.

Pero también puede ocurrir algo que para Joaquín define la esencia de la radio: que del otro lado haya alguien solo, quizás en medio de una madrugada, un ciclón o una caída del Sistema Electroenergético Nacional, esperando escuchar una voz.

—Lo más bonito que tiene la radio es la cercanía y la variedad.

Y ahí aparece una palabra que atraviesa toda su conversación: cercanía. También en tiempos difíciles. Incluso cuando las condiciones técnicas obligan a improvisar espacios y buscar alternativas para seguir transmitiendo.

—Hay que trabajar.

Lo dice sin dramatismo. Como si después de todo lo vivido esa fuera una de sus respuestas más naturales.

“YO NO LE DIGO A NADIE QUE NO”

Por eso sus oyentes ocupen un lugar tan importante en la historia.

Hay quienes lo siguen desde hace años. Algunos se sienten con suficiente confianza para querer saberlo todo de él. Otros aparecen ocasionalmente. Joaquín, sin embargo, parece tener una regla sencilla: trabajar bien porque del otro lado hay personas que escuchan y piensan.

—La gente no es como antes, que todo lo que tú decías lo aceptaban. Hoy la gente tiene criterio.

Y añade algo que parece haber aprendido también como director:

—Constantemente la gente está mirando cómo tú respondes, cómo actúas.

Después habla de una sección de su programa, Entre paréntesis. Puede estar hablando de cualquier cosa y, cuando toca, hace un paréntesis para ofrecer una información. Pero hay otro tipo de paréntesis que practica fuera del aire. Si alguien se encuentra con él por la calle y le pregunta si puede ir al programa, Joaquín responde:

—Ven el día que tú puedas, el día que tú quieras. Siempre a las dos y media.

No le dice que no a nadie.

—Me gusta mucho que la gente vaya, que se sienta acogida.

Eso también explica otra de sus ocupaciones: facilitar. En las redes publica información que puede ayudar a otros, avisos, datos, noticias de interés público.

—Lo mío es facilitarles la vida a las personas y a veces poner cualquier bobería.

La última parte la dice riéndose.

SAN JUAN DE DIOS, CAMAGÜEY Y LAS COSAS QUE MIRA

También está la ciudad. Joaquín fotografía plazas, calles, detalles. Tiene una relación especial con San Juan de Dios. La recuerda desde niño, cuando pasó por allí con su padre y vio cómo preparaban una tarima para una actividad relacionada con el centenario de Ignacio Agramonte.

Le gustaba aquella plaza porque era tranquila. Hoy siente que algo se ha perdido. Habla de conservación, de carros, de espacios ocupados, de la pérdida de esa tranquilidad que él recuerda. No parece hablar solamente de una plaza. Habla de una ciudad que observa con los ojos de quien lleva mucho tiempo caminándola.

Por eso también investiga sus historias. Y aquí aparece el Joaquín coleccionista. No de objetos. De datos. De voces. De cosas singulares.

CAFÉ, MANÍ Y AUTOCONTROL

En algún momento le pregunto cuál es ese ejercicio de meditación que explica su permanente buen humor. La respuesta es Joaquín en estado puro.

—¿Tú sabes cuál es mi debilidad y en eso me gasto mi salario? Café, maní molido, pan y azúcar.

Risas. Su combinación preferida es una taza de café con maní molido. Meditación no hace. Hizo ejercicio, fue al gimnasio, corrió la pista. Pero ahora, dice, ya no tiene energía para eso. Lo que sí hace es algo bastante más difícil.

—Me autocontrolo.

La frase queda flotando. Y entonces recuerda al Joaquín de antes. El de los veinte pesos cambiados en dos billetes de diez que, al llegar a casa, rompía. El que podía comprar una barra de mantequilla, y si la topaba usada, la tiraba al piso.

—Yo no era fácil.

Ahora tampoco pretende presentarse como un santo. Simplemente dice que la vida le fue enseñando.

—Lo más difícil es controlarse uno.

Y enumera aquello que ya no quiere hacer: maltratar, gritar, responder mal, ser irresponsable. La frase del autocontrol funciona mejor de lo que parecía cuando la dije en medio de la conversación. No es solamente un chiste. Es una historia de vida resumida en tres palabras.

LO QUE TODAVÍA FALTA

Joaquín no parece dispuesto a jubilarse de la curiosidad. Tiene proyectos. Quiere continuar un disco dedicado a Camagüey. Recordemos en el año 2018 logró producir Pentagrama y adoquines, primer volumen de una selección de canciones dedicadas al territorio. Tiene en planes otro dedicado al Mayor, con poemas musicalizados e inéditos. Guarda como una joya un soneto que le regaló Mariela Pérez Castro. Conserva poemas de Luis Álvarez y Martha Núñez.

Está trabajando además en un libro sobre cosas singulares de Camagüey, esas que son únicas de la ciudad o que comenzaron aquí. Y piensa en hacer un vocabulario radial, quizá para cuando la emisora cumpla setenta años.

—Me dedico mucho a leer, a estudiar, a investigar. No me quedo tranquilo nunca.

La frase parece contradictoria con aquel hombre que comenzó la conversación diciendo que no tenía mucho que contar. Pero quizá Joaquín sí tiene mucho que contar. Solo que no le interesa contarlo como quien enumera méritos. Prefiere contar una anécdota. Recordar una voz. Hablar de una plaza. Explicar cómo se hace un programa en vivo. Contar que le gusta el café con maní. O hablar de los jóvenes con quienes trabaja. De ellos dice que le gusta especialmente acompañar a quienes llegan sin saber. Los corrige. Los reta. Les repite las cosas.

—“Otra vez”. “Pero otra vez, si ya te lo dije, ¿por qué?”

Y los ve cambiar. Eso también lo hace feliz. Porque si la radio le dio una oportunidad cuando él todavía no sabía muy bien hacia dónde iba, ahora parece disfrutar especialmente de abrirle una puerta a otros. El que estaba detrás de la puerta.

Joaquín entró a Radio Cadena Agramonte cuidando una puerta. Después aprendió a dirigir. Aprendió a estudiar. Aprendió a escuchar. Aprendió a trabajar con los demás. Y, sobre todo, aprendió a controlarse.

No perdió el humor por el camino. Por suerte. Durante la conversación vuelve varias veces la risa, la suya, la mía, la del público. Porque resulta difícil escuchar algunas de sus historias sin imaginar al muchacho que fue intentando explicarnos cómo llegó hasta aquí.

Al final, la radio no cambió tanto a Joaquín como él cambió dentro de ella. El muchacho que no encajaba encontró una cabina. El custodio encontró un oficio. El estudiante encontró una profesión. El director encontró una manera de acompañar y formar a otros.

Y aquel hombre que decía no tener demasiado que contar terminó dejando, entre risas, una historia bastante más grande que un programa de radio. Una historia que todavía sigue al aire.