CAMAGÜEY.- El otro día andaban varias personas con una cruz negra dibujada en la frente. No era una consigna ni una excentricidad urbana. Era Miércoles de Ceniza. Caminaban bajo el sol de Camagüey con esa marca austera que recuerda el polvo y el tiempo, la fragilidad y el comienzo. Porque la ceniza no solo habla de final: inaugura un trayecto.

Mientras tanto —en otro huso horario, bajo otra luz— millones de personas celebraban el Año Nuevo Lunar, especialmente en China y en buena parte de Asia. Las casas se llenaban de rojo, las familias se reunían, el calendario abría su primera página. Y casi al mismo tiempo, comunidades musulmanas de distintos países se preparaban para el inicio del Ramadán, el mes sagrado del islam, que también comienza mirando al cielo y esperando la señal de la luna.

Tres formas de empezar. Tres maneras de ordenar el tiempo. Tres disciplinas espirituales que, por una curiosidad astronómica y cultural, este año se rozaron en la misma fecha.

No es frecuente. El calendario litúrgico cristiano se rige por ciclos solares; el islámico, estrictamente por la luna; el Año Nuevo Lunar combina ambos movimientos en un delicado equilibrio entre cielo y tierra. Que coincidan no responde a una voluntad humana, sino a la coreografía silenciosa del universo. Y sin embargo, cuando sucede, algo simbólico se activa.

En Camagüey, ese día no hubo fuegos artificiales ni llamados interreligiosos. Hubo gente haciendo su vida. Personas con ceniza en la frente comprando pan. Jóvenes pendientes del teléfono. Ancianos buscando sombra. Y, en otro punto de la ciudad, la comunidad de wushu reunida en práctica y exhibición, recordando que el equilibrio no es solo una metáfora, sino una técnica que se entrena.

El wushu —disciplina marcial de raíz china— trabaja con la armonía del cuerpo, la respiración, la concentración. No se trata únicamente de fuerza, sino de dominio interior. De coordinar movimiento y silencio. Resulta difícil no ver un hilo invisible entre esa práctica y las otras que, desde la fe, proponen ayuno, recogimiento, reinicio.

Porque si algo comparten la Cuaresma y el Ramadán es la idea de la disciplina como camino hacia la claridad. Y si algo sostiene el Año Nuevo Lunar es la necesidad de limpiar, de cerrar ciclos, de abrir espacio a lo que viene. Cambian los nombres, cambian las lenguas, cambian los símbolos. Pero se repite la intención: empezar mejor.

Vivimos tiempos fragmentados. Las noticias viajan más rápido que las comprensiones. Se subrayan las diferencias con mayor entusiasmo que las coincidencias. Sin embargo, este febrero nos dejó una escena silenciosa: mientras algunos recibían la ceniza que recuerda la humildad, otros colgaban faroles rojos celebrando la prosperidad, y otros esperaban la luna que marca el inicio del ayuno. Todos, a su modo, aceptando que el tiempo no es solo una sucesión de días, sino una oportunidad de transformación.

No hizo falta que se pusieran de acuerdo. Nadie organizó la coincidencia. Fue el calendario —ese artefacto humano que intenta domesticar el cosmos— el que, por una vez, permitió que tres tradiciones milenarias respiraran casi al unísono.

En una ciudad como la nuestra, donde las distancias son más de sol que de kilómetros, esa simultaneidad puede parecer lejana. Pero no lo es. Cada marca en la frente, cada ejercicio de equilibrio, cada gesto de recogimiento habla de lo mismo: la necesidad de armonía.

Tal vez el mundo no cambie porque coincidan tres celebraciones. Pero la imagen permanece. Si el sol y la luna pueden sincronizar sus ritmos con tanta precisión, si culturas distintas pueden comenzar el mismo día sin invadirse, sin anularse, sin competir por el cielo, quizá nosotros también podamos aprender algo de esa coreografía invisible.

Febrero casi se acaba. Los calendarios seguirán su curso desigual. Pero durante unos días, aquí y en otras latitudes, el tiempo nos recordó que las diferencias no impiden la simultaneidad. Y que empezar de nuevo —aunque sea desde tradiciones distintas— puede ser un acto compartido.