CAMAGÜEY.- Hay tres parejas de aves que parecen haber llegado a la Feria del Libro en Camagüey para hacer competencia a los libros. Están quietas, disecadas, sobre una mesa del stand de la Asociación Cubana de Producción Animal (ACPA), en el Casino Campestre. Y, sin embargo, son probablemente de lo más vivo que ocurre allí.
Los niños se acercan primero. Algunos quieren tocar. Otros preguntan si se venden. Una mujer acaba de mirar al gallo y, entre la curiosidad y la jarana, pregunta si eso se puede comer.
—No —responden entre risas.
Las aves hacen detenerse a quienes pasan. Los manuales, las revistas y las publicaciones técnicas esperan detrás, menos vistosos, pero quizá más necesarios.

Rosario Camejo Martínez, Charito para casi todos, preside la filial camagüeyana de la Asociación Cubana de Producción Animal. Cuenta que no es la primera vez que llegan a la Feria del Libro.
La ACPA reúne doce sociedades y participa habitualmente en estos espacios para mostrar una parte de su trabajo: manuales, libros, revistas, pancartas técnicas y otros materiales destinados a capacitar a productores. También, dice Charito, para acercarse a niños y jóvenes que puedan descubrir allí una vocación por las carreras agropecuarias.
Porque hay un público que rara vez encuentra este tipo de literatura en una librería cualquiera.
—Hoy todo el mundo quiere criar una gallinita, un conejo, un cerdo…
Y para hacerlo bien hace falta algo más que ganas.
UN MUCHACHO ENTUSIASTA
El primer día de la feria llegó un muchacho del Instituto Preuniversitario Vocacional de Ciencias Exactas, el IPVCE. Cuando Charito le preguntó de dónde era, respondió que del kilómetro 40 de la carretera de Santa Cruz del Sur. Quiere estudiar Veterinaria y, al mirar los materiales expuestos, prácticamente quiso llevárselos todos.
“Necesito todo eso”, le dijo.
Los precios ayudan: publicaciones técnicas de costo módico, incluso cuando alrededor había otros libros con papeles más modestos y diseños menos vistosos.
Charito le explicó dónde podían encontrar la biblioteca de la asociación y el muchacho se fue satisfecho. Pero no fue el único.
Mientras conversamos, otro joven se interesa por unos manuales. No responde cuando le preguntan si es veterinario. Hace una pausa y dice:
—Soy un entusiasta.
La palabra queda flotando sobre la mesa. Tal vez sea una de las mejores definiciones del público que Charito quisiera alcanzar: personas que quieren saber, aunque todavía no sepan exactamente qué hacer con ese conocimiento.
La ACPA no está pensada únicamente para especialistas. Su razón de ser, explica su presidenta, incluye el acompañamiento, la capacitación, la transferencia de tecnología, la divulgación y la formulación de proyectos.
Allí caben productores, investigadores, estudiantes y profesores.
La organización tiene su biblioteca en la Delegación Provincial de la Agricultura. Allí consultan bibliografía jóvenes interesados en carreras técnicas o universitarias relacionadas con la producción animal, profesores e investigadores que realizan maestrías y doctorados.

Charito habla de Camagüey y parece recorrerlo con los ojos: la empresa pesquera, la Universidad y su Facultad de Ciencias Agropecuarias, el CITA, Biotecnología, Ganado Menor, Meteorología... Muchos de esos centros de investigación vinculados con la producción animal están asociados a la ACPA.
Es una red que no siempre se ve. Como tampoco se ve, a simple vista, todo lo que puede comenzar con un manual barato comprado en una feria.
DE UNA MESA DE LIBROS A UN PICADERO
A pocos metros del stand existe otra historia de la ACPA. Para llegar hasta ella hay que dejar las aves sobre la mesa y mirar hacia el Centro de Equinoterapia.
Charito cuenta que todo comenzó después de una visita a un centro de Río Verde, en Boyeros. Allí vio trabajar a especialistas con niños sordociegos mediante la equinoterapia. Aquello la impresionó.

Regresó a Camagüey y empezó a tocar puertas. Contactó con Educación y Salud. Buscó especialistas y pensó en alguien que conocía profundamente a los caballos: Juan Miguel Fatjó, un hombre jubilado del rodeo.
—Pero, Charito, si yo estoy jubilao…
Precisamente por eso, le respondió ella: porque era la persona que necesitaban.
Lo llevó junto a especialistas de Educación y Salud a La Habana para conocer aquella experiencia. No dejaron que la idea se enfriara.
A su regreso, apareció una posibilidad mucho más humilde que el centro que hoy existe: el patio de la casa de Fatjó, junto al río.
Allí podían hacer el picadero. Allí estaban los animales. Allí estaba La Lupe, una yegua blanca, hermosa y bien trabajada. El nombre quedó. La Lupe fue también una forma de comenzar.
Al principio atendieron a niños de la escuela Nguyen Van Troi, de Garrido, entre ellos niños con síndrome de Down. Usaron las sillas de la propia escuela. Un bebedero que permanecía sin utilizar en la ACPA nacional encontró nueva función. El baño de la casa de Fatjó servía para lo que entonces necesitaban.
Después llegaron otros niños. Se incorporaron otras instituciones, Deporte y Cultura. Se formó un grupo multidisciplinario. Educación y Salud continuaron acompañando el proceso. Y aquella experiencia que Charito había visto en La Habana comenzó a tomar forma en Camagüey en el 2008.
Con el tiempo llegaron también los donativos. El Socorro Popular Francés aportó recursos para hacer crecer el proyecto. El centro luego nombrado “Jardines de Sueños” se trasladó junto a la SEPMI, fue ampliado y hoy cuenta incluso con piscina. Administrativamente pertenece a la empresa de Flora y Fauna, aunque mantiene el vínculo con Salud.
Fatjó se jubiló definitivamente, pero la historia encontró continuidad en su propia familia: su hijo, Juanci, se formó como técnico medio en esa especialidad y es quien continúa allí.
Charito lo cuenta sin épica. Habla de puertas tocadas, de especialistas convocados, de cosas que costaban mil dólares y de otras que alguien decidía entregar gratuitamente. Habla de un primer donativo que parecía enorme y de otro más reciente, de 8000 euros.
Pero sobre todo repite una idea:
—Es un centro impactante, muy impresionante.
VOLVER A LAS AVES
Quizá por eso las tres parejas de aves tengan sentido allí. No son únicamente una curiosidad en medio de una feria de libros. Son una invitación.
Una manera de hacer visible una asociación que suele trabajar detrás de las producciones, los proyectos, los laboratorios, las aulas, las fincas y los centros de investigación.
La ACPA llega a la feria con sus publicaciones porque sabe que alguien puede necesitarlas. Un productor que quiere criar una especie. Un profesor. Un estudiante. Un investigador. Un niño que todavía no sabe qué quiere estudiar. O un muchacho que, frente a un montón de manuales, no se llama veterinario, sino simplemente “entusiasta”.
Mientras hablamos, las aves siguen allí, inmóviles. Los niños continúan acercándose. Y esta se me antoja la escena más sencilla para entender la utilidad de aquellos libros: que alguien se detenga frente a un animal y, en lugar de quedarse solamente con la curiosidad, encuentre también dónde aprender sobre él.
