CAMAGÜEY.- A los 35 años de fundado, el Ballet Folklórico de Camagüey se encuentra ante una de esas preguntas que acompañan a toda agrupación artística con una historia detrás: cómo sostener una identidad sin convertirla en una fórmula, cómo transmitir lo aprendido y, al mismo tiempo, abrir espacio a quienes llegan con otros cuerpos, otras inquietudes y nuevas maneras de mirar.

La celebración de su aniversario tuvo en Esto es espectáculo una oportunidad para asomarse a ese presente. Seis parejas de bailarines y una orquesta de 15 músicos llevaron a escena una propuesta que recorrió referentes de la cultura africana, caribeña y cubana.
El cuadro inicial, con Elías Martínez en la representación de África, abrió un trayecto que incorporó también expresiones contemporáneas como el reparto, el reguetón y el rap. Entre ellas, Adelkis Torres, uno de los jóvenes incorporados desde la Escuela Vocacional de Arte (EVA) Luis Casas Romero y ya evaluado como solista, asumió el rap con la soltura y la presencia escénica de un MC. Una sucesión de referencias y ritmos que puso en relación distintas etapas de nuestra cultura musical y danzaria.

No fue una presentación sin desniveles ni un espectáculo que agotara todas sus posibilidades. Pero permitió observar aspectos importantes de la vida de la compañía: la presencia de jóvenes egresados de la EVA, el trabajo de intérpretes con larga trayectoria y una sonoridad que encuentra en la percusión uno de sus rasgos distintivos.
En el escenario coincidieron bailarines de distintas generaciones. Elsa Avilés y Janixe del Rosario Jiménez, entre otros artistas de experiencia, comparten espacio con jóvenes que comienzan a ganar responsabilidades dentro del repertorio. Su permanencia no tendría que leerse únicamente como continuidad de una presencia escénica, sino también desde el conocimiento que acumulan, la autoridad que otorga el oficio y la posibilidad de acompañar a quienes vienen detrás. En ese relevo hay una decisión que merece atención: saber cuándo enseñar, cuándo respaldar y cuándo ceder el protagonismo.

Geisel Agüero, primera bailarina y profesora de la compañía, conoce ese proceso desde dentro. Explica que los egresados de la enseñanza artística no llegan para esperar una oportunidad: se incorporan al repertorio, reciben clases y comienzan con intervenciones más pequeñas, que pueden conducirlos a papeles de mayor responsabilidad según su evolución y evaluación. La formación recibida en la escuela necesita completarse en la práctica profesional, en el ensayo y en el contacto directo con el escenario.
Ese proceso también supone aprender a reconocer las posibilidades de cada intérprete. Geisel explica que, mientras los jóvenes avanzan en su formación dentro de la compañía, van descubriendo qué pueden aportar y qué personajes podrían asumir. Desde esa perspectiva, resulta inevitable imaginar a las nuevas generaciones en papeles de fuerte presencia escénica, como el de San Lázaro o el rumbero que interpretó Mario Mendoza. No se trata de reproducir actuaciones ni de ocupar lugares por sucesión, sino de encontrar en cada bailarín las condiciones para hacer suya una figura del repertorio y ofrecerle nuevas posibilidades
También quienes acumulan experiencia tienen una tarea en ese aprendizaje. Geisel, Elsa, Charito y el regisseur Camilo Rubinos contribuyen a transmitir códigos de estilo, técnica, disciplina y cuidado del trabajo. Camilo, desde la preparación de los ensayos, atiende la limpieza de las coreografías y los detalles que permiten a los bailarines comprender y comunicar mejor lo que interpretan. Pero la transmisión no ocurre en una sola dirección: los jóvenes aportan sus conocimientos, opiniones y referencias culturales. La compañía, como cualquier organismo vivo, necesita aprender de ellos.

La música ofrece otro ejemplo de esa continuidad. De los fundadores permanecen los percusionistas Frank Mola y Alejandro Mola Cento, responsables de una sonoridad que ha distinguido a la agrupación y que hoy comparten con otros músicos. La orquesta cuenta también con trayectorias y responsabilidades que se han ido transformando. Geraldine Gallardo, antes evaluada como cantante, asumió la dirección musical; Jean Carlos Álvarez se incorporó al tres durante su servicio social, mientras Félix Luaces sostiene desde el piano parte de la arquitectura sonora. No se trata solo de mantener instrumentos en escena, sino de preservar una manera de hacer música y permitir que se enriquezca con nuevos intérpretes.
El domingo, el Ballet Folklórico de Camagüey compartió el escenario del Teatro Avellaneda con la Compañía Folklórica Kokoyé, de Santiago de Cuba, en una jornada que permitió apreciar de cerca dos maneras distintas de concebir el espectáculo. Frente a la energía expansiva de Kokoyé, que despliega sobre la escena una intensa diversidad de ritmos y expresiones del universo caribeño, el conjunto camagüeyano mostró otra relación con el movimiento, otra estilización y otra cadencia.

El contraste no establece una jerarquía. Ayuda, más bien, a reconocer que el trabajo del Ballet Folklórico de Camagüey responde a una identidad construida durante décadas, a una idiosincrasia y a una proyección regional que también forman parte de su lenguaje escénico. No toda agrupación folclórica tiene que convertir en espectáculo la explosión de lo caribeño en su conjunto. La pertenencia cultural admite acentos, selecciones y maneras particulares de expresarse. En esa diferencia puede estar una de las fortalezas del conjunto, siempre que no se convierta en un límite para su desarrollo.
Pero el encuentro también deja una pregunta que va más allá de las dos compañías: ¿qué significa hoy hacer espectáculo en Camagüey? ¿Cómo se construye una propuesta capaz de dialogar con el público de esta ciudad y con la realidad de la Cuba actual? ¿Qué lugar ocupan las tradiciones, las búsquedas contemporáneas y las expectativas de quienes se acercan al teatro? No basta con reunir ritmos reconocibles ni con sostener una secuencia de cuadros. La escena necesita una idea que organice sus materiales, una dramaturgia que dé sentido a lo que sucede y una comunicación viva con sus espectadores.

A sus 35 años, el Ballet Folklórico de Camagüey tiene ante sí el desafío de mantener vivo un lenguaje propio sin clausurarlo. La experiencia de sus bailarines y músicos veteranos, la incorporación de nuevos talentos y la capacidad de revisar sus maneras de crear forman parte de una misma tarea. Una compañía no se sostiene únicamente por lo que ha sido. También se reconoce en lo que sus integrantes son capaces de construir juntos y en el espacio que abren para quienes continuarán después.