CAMAGÜEY.- Vi la primera gala del Primer Taller Vocacional de Verano del Ballet Contemporáneo de Camagüey. Pero hice un ejercicio: intenté no mirar solamente los cuerpos que bailaban, sino los ojos de los niños.

Hay rostros que ya saben estar en escena. La mirada fija, concentrada, esos ojos que encuentran un punto y parecen no soltarlo. Son los de quienes llevan años estudiando danza y conocen la disciplina del escenario.

Otros ojos todavía preguntan. Parpadean, miran de reojo a la maestra, buscan al compañero. Hay una pequeña inseguridad en ellos, la de quien todavía está aprendiendo qué hacer con su cuerpo cuando todos están mirando.

Y después están las más pequeñas. Niñas de cuatro años que salen al linóleo con una risa traviesa, como si aquello fuera todavía un juego. Juegan con una pelota, se persiguen, se miran. Quizá ni siquiera saben que representan a Alegría o alguna de las emociones de Intensamente. No importa. Son una fiesta sobre el linóleo.

Desde esos ojos entendí mejor lo que significaron estas tres semanas: 130 niños y jóvenes, de cuatro a 18 años, juntos, con diferentes edades, experiencias y formaciones. Estudiantes de la enseñanza artística compartiendo con quienes nunca habían estudiado danza; muchachos de teatro, artes plásticas y grupos de las casas de cultura entrando también en el reto.

Y, según cuenta Diannys González, directora del Ballet Contemporáneo de Camagüey, durante el taller no hubo una fila para los que sabían y otra para los que estaban aprendiendo.

—No tuvimos diferencia como que el de la academia pasara para adelante o los de no formación para atrás. Todo fue mezclado, todo fue junto y tratamos lo mejor posible de que todos se vieran bien.

No era una apuesta sencilla. Cuando comenzó el taller, tampoco sus profesores tenían demasiadas certezas. Cuatro docentes para una matrícula tan grande, niños de categorías diferentes, unos con formación académica y otros sin ella. Diannys reconoce que no esperaban necesariamente que todo fluyera. Fluyó.

La primera semana estuvo dedicada al ballet y la preparación física; la segunda, al contemporáneo, la creación y el aprendizaje de frases de movimiento; la tercera debía ser la de preparación para el espectáculo. Pero el tiempo apretaba y hubo que adelantar el montaje.

—A partir de la segunda semana fuimos dándole frases, movimientos, parte por parte, y ya la última semana fue todo seguido.

Así se construyó una gala que tiene algo de escuela y algo de compañía.

En A pesar del dolor, una de las obras del puertorriqueño Eric Rivera, el cuerpo cuenta la angustia de un hombre que ve cómo un ciclón arrasa su país natal mientras no consigue comunicarse con su familia. El solo que Diannys ha hecho suyo no necesita demasiadas explicaciones cuando llega al escenario: hay movimientos que parecen buscar una salida y otros que se quedan suspendidos en esa impotencia de no saber qué ocurre al otro lado.

Rivera había estado con la compañía semanas atrás en los ensayos de esa obra, del dueto Voces de mujeres y del montaje de Almas, que es estreno mundial.

Después del solo llegaron las niñas. Intensamente cambia completamente el aire. La película sirve de punto de partida para jugar con las emociones, pero las más pequeñas no necesitan todavía conocer toda la teoría para hacerla visible. Hay una pelota, carreras, gestos, pequeños impulsos, miradas hacia las maestras.

Diannys y Mayloisi entran también en ese juego. Y por un instante parece que estamos mirando a las educadoras de un círculo infantil enseñando esos primeros pasos que preceden a la danza: cómo seguir una indicación, cómo moverse con otros, cómo esperar, cómo entrar y salir de un espacio. Solo que aquí el juego ya tiene música.

También, intercaladas en las obras de los estudiantes, aparecen Voces de mujeres, Almas, además de fragmentos de Código Cuba, coreografía de Lisandra Gómez.

Pero hay una obra que no figura en el programa y que quizá sea la más importante de estas tres semanas. Se llama convivencia.

Mayloisi Mejía, maestra de técnica de la danza y asistente de dirección del Ballet Contemporáneo, habla de un taller que quiso integrar asignaturas que normalmente aparecen separadas en las escuelas: ballet, preparación física, folclor, técnica de la danza y creación coreográfica.

Los participantes fueron organizados en cuatro grupos: Siluetas, Café, Leche y Cuerpos de agua, acompañados por Diannys, Mayloisi y los bailarines Viviana Silva y Javier Cisneros. En algún momento los maestros trabajaron también en dúo. La experiencia, dice Mayloisi, fue agotadora. Pero también satisfactoria. Y puede tener continuidad.

El taller funciona además como una suerte de acercamiento para observar aptitudes, orientar a las familias y descubrir a quienes pudieran continuar estudios en la enseñanza artística. La intención es repetir la experiencia en diciembre. Tiene sentido.

El cuerpo de un bailarín se desentrena rápidamente. Por eso las vacaciones no tienen por qué significar una ruptura absoluta con el entrenamiento. Los estudiantes de la enseñanza artística asistieron voluntariamente y, según las opiniones recibidas por sus profesores, regresaron en mejor forma.

Pero si hablamos de formación, quizá haya algo más que enseñar. También las familias están aprendiendo.

Diannys cuenta que uno de los retos fue el vestuario. Quien ya estudia en una escuela de arte suele tener una familia habituada con esas exigencias; sabe qué necesita, dónde buscarlo, cómo resolverlo. Pero había niños que llegaban desde otros espacios y cuyas familias no necesariamente tenían las mismas posibilidades o conocimientos.

La solución fue intentar que el vestuario no resultara demasiado complejo ni costoso. Y los padres respondieron.

—Muchas madres nos decían: “Maestra, no se preocupe. Si no lo tenemos, lo buscamos”.

Hay algo hermoso en esa disposición, pero también una pregunta que conviene no esquivar. ¿Qué estamos enseñando cuando enseñamos arte?

Porque alrededor de las escuelas, como alrededor de cualquier espacio donde conviven niños y familias, aparecen también las diferencias. Las posibilidades económicas. Las marcas. El uniforme que deja de ser simplemente uniforme para convertirse en otra forma de comparación. El artículo que unos tienen y otros no. La competencia de vanidades que puede entrar silenciosamente en las aulas y desplazar lo esencial.

Y lo esencial debería seguir siendo el cuerpo que aprende, la sensibilidad que despierta, la disciplina que se construye, la imaginación que encuentra una forma.

No hace falta exhibir la carencia de quien no tiene para hablar de desigualdad. Tampoco convertir el vestuario de los niños en una fotografía de la pobreza. Hay una mirada cuidadosa que puede reconocer las diferencias sin hacer de ellas espectáculo. El taller, en ese sentido, ofreció otra posibilidad: que todos fueran vistos. Juntos.

Durante años pueden levantarse fronteras casi invisibles entre quienes vienen de las escuelas de arte y quienes se forman en otros espacios; entre el ballet y la danza; entre quienes tienen técnica y quienes llegan con intuición. En estas tres semanas esas fronteras se hicieron menos importantes.

Por eso la disciplina que reclama Ángel Olazábal, jefe de escena, no es un asunto menor. Un teatro tiene sus reglas, explica. No se camina sobre el linóleo. No se interrumpe el paso de los artistas. Hay entradas y salidas determinadas. Hay una manera de hacer cola, de ocupar un espacio, de entender que quien llega a bailar no viene como espectador. Los padres también tienen que aprenderlo.

No es sencillo cuando llegan con niños muy pequeños y con el entusiasmo de querer verlos. Las funciones que involucran talleres vocacionales suelen llenarse: mamá, papá, abuelos, familiares. Ni siquiera el Teatro Principal tendría capacidad suficiente para tanta gente.

Pero el entusiasmo no puede convertirse en indisciplina. Porque también eso es educación artística: comprender que un espacio cultural tiene códigos, que el escenario no es un lugar cualquiera y que el respeto por el trabajo de los otros empieza mucho antes de que se enciendan las luces.

Olazábal echa de menos, además, las condiciones de un teatro para las presentaciones del Ballet Contemporáneo en Camagüey. La sede tiene otra configuración: el público está alrededor, demasiado cerca, casi encima del espacio de los bailarines. En un teatro existe una distancia que también ayuda a construir el espectáculo. Estas galas sirven para recordar esa necesidad.

Pero viendo a los pequeños sobre el linóleo, era difícil pensar únicamente en las carencias de infraestructura, en los vestuarios o en las dificultades de organización. Había una niña de cuatro años riéndose mientras bailaba. Había otros ojos que todavía buscaban a la maestra para saber si iban bien. Y había jóvenes cuya mirada ya sabía exactamente dónde colocarse.

Entre unos y otros estaba el verdadero sentido de un taller vocacional: permitir que quienes apenas comienzan compartan el espacio con quienes llevan años aprendiendo; que el aficionado no tenga que esconderse detrás del formado; que el formado recuerde alguna vez que también empezó jugando.

Este sábado la gala será distinta. Ya no estarán aquellas pequeñas que hicieron del linóleo una fiesta. Los estudiantes de la enseñanza artística mostrarán los solos que han trabajado en sus escuelas. Pero quedará algo de esta primera mañana. La certeza de que bailar también puede ser una manera de aprender a convivir. Y que, antes de preguntarnos qué uniforme lleva un niño, qué escuela representa o cuánto ha estudiado, deberíamos mirar sus ojos.