CAMAGÜEY.- Hay tardes que una agradece haber vivido. Este viernes, en la librería Ateneo Vietnam de la calle República, volvió a reunirse la peña Sóngoro cosongo que sostienen el poeta Jesús Zamora y el cantautor Antonio Batista.
Afuera, la calle estaba extrañamente apagada: las tiendas abiertas sin poder vender, los pequeños negocios privados funcionando, pero con una soledad que sorprende en un lugar que naturalmente ha sido bullicioso. Adentro, en cambio, la poesía hizo lo suyo.
El invitado era especial: Léster Vargas, un muchacho de apenas 16 años que hace seis tocó la puerta de Zamora porque quería aprender a escribir versos como su vecino. Desde entonces ha pasado por ese entrenamiento paciente que implica descifrar la cuarteta, la redondilla, el romance, el ovillejo o el haiku. Y también por la emoción de los primeros premios: el Meñique de 2020 con su poema Hechicería, el concurso provincial de talleres literarios —que lo llevará al nacional— y otros certámenes que ya empiezan a llenar su currículo.
Contó que prepara su primer libro: La breve danza de la soledad, dividido en haikus, ovillejos y décimas.
Zamora abrió la tarde leyendo Palma sola, de Nicolás Guillén, un poema que —recordó— descubrió cuando estaba en quinto grado. Curiosamente, también en quinto estaba Léster cuando se acercó a él por primera vez.
Entre los presentes estaban la escritora y profesora de Historia Edelmira Rodríguez, que recordó la fecha del 13 de marzo y al camagüeyano Reinaldo de León Yera; la actriz Reina Ayala, que declamó una elegía primaveral de Guillén; y el artista de la plástica Nazario Salazar, que llegó con libros para obsequiar al joven poeta, entre ellos La Edad de Oro y La arcilla luminosa. Y, como suele ocurrir en esta peña, también hubo otros libros que aparecieron para regalar.
Pero hubo una presencia silenciosa que siempre me conmueve especialmente: María Antonia, la madre de Zamora. Su hermoso cabello plateado brillaba en la sala mientras iba y venía discretamente. Ella no ocupa el centro, pero sostiene todo. Y en ese gesto se entiende también la obra de su hijo.
Fue una tarde calurosa. Pero también una de esas tardes en que la poesía —por la perseverancia de quienes la sostienen— abre un pequeño claro de belleza en medio de la ciudad cansada.
En la apagada calle República, todavía hay quienes se empeñan en mantener viva la palabra.