CAMAGÜEY.- “Las formas de ver el cine han cambiado, pero el cine sigue siendo el mismo”. La frase quedó flotando en el Dodo’s Café como quedan algunas escenas después de terminar una película. La dijo Luciano Castillo, reciente Premio Nacional de Cine, durante el panel dedicado al centenario de Julio García Espinosa, dentro del marco del XXX Taller Nacional de Crítica Cinematográfica.

En este espacio de homenaje a uno de los cineastas que más veces asistió al Taller —con nueve participaciones—, junto a figuras como Enrique Pineda Barnet y Fernando Pérez, María Antonia Borroto y Armando Pérez Padrón aportaron miradas complementarias sobre la obra y el pensamiento de Julio.

Armando evocó, entre anécdotas, aquel momento en que Julio comentó su deseo de realizar una película de corsarios y piratas, así como su humor característico —el del “primer rumbero que llega a viceministro”, en alusión a su origen en Guanabacoa—. María Antonia, por su parte, se detuvo en la vigencia de su pensamiento, en el valor del libro de entrevistas concedido a Víctor Fowler y en la potencia todavía interrogante de Aventuras de Juan Quinquín. Todo ello abrió el clima propicio para que, como una presencia entrañable y siempre esperada en el Taller, emergiera la voz de Luciano Castillo.

Luciano pertenece a una generación que no aprendió el cine únicamente viéndolo, sino viviéndolo como una necesidad cultural, casi como una forma de resistencia. Él ha dicho algo que resume el peso de su vuelta a la ciudad: “Asistir a la edición 30 del Taller Nacional de Crítica Cinematográfica es rememorar un evento fundacional que realmente no tiene paralelo en la historia de la cultura cinematográfica de nuestro país”.

Esa afirmación no era una fórmula ceremonial. Había emoción genuina en el regreso de uno de los fundadores del Taller a una ciudad que le debe muchísimo de su educación sentimental y cultural alrededor del cine.
Mientras hablaba, se comprendía que no se trataba solo de un investigador repasando datos o películas, sino de alguien que ha vivido el cine cubano como una forma de militancia cultural y afectiva.

Escucharlo hablar de Julio García Espinosa era asistir a una especie de retrato indirecto. Porque Luciano habla de los cineastas que admira como quien reconstruye una ética. Por eso insistía en que hay temas sobre los que vale la pena volver una y otra vez: “Soy bastante capricorniano y reiterativo de temas que pienso que hay que volver sobre ellos porque nunca se han olvidado”. Y entonces aparecía una de esas frases que condensan generaciones enteras de aprendizaje: “Hay que ver todo el cine posible”.

Detrás del humor había una preocupación muy seria: la pérdida de la cinefilia como formación profunda. Luciano se sorprendía de que algunos jóvenes cineastas “se den el lujo de no ver cine” y crean “que inventaron el cine cuando ya el cine estaba inventado hace mucho tiempo”. Lo decía sin resentimiento generacional, sino desde la convicción de que el cine es una conversación infinita con quienes filmaron antes.

Julio aparecía entonces como una figura central de esa conversación. Luciano lo definió como “una persona rompedora”, alguien cuya vocación consistía en dinamitar géneros, convenciones y fórmulas. “Julio dinamitó géneros, convenciones, tendencias a través de su cine”, afirmó. Pero inmediatamente introducía un matiz revelador: incluso cuando discrepaba de él —como ocurre con ciertas ideas de Por un cine imperfecto— seguía admirando la radicalidad de alguien dispuesto a cuestionarlo todo. Hay algo muy hermoso en esa manera de admirar críticamente, sin convertir nunca a Julio en una estatua. Lo devolvió al terreno humano: el hombre del humor desbordado, el polemista, el funcionario que revisaba diálogos de madrugada mientras trabajaba en el Ministerio de Cultura.

Uno de los aspectos más interesantes de su intervención fue recordar cuánto de la obra de Julio quedó invisibilizada detrás de otros directores y películas. “Gran parte del mejor cine de los años sesenta y setenta llevaba la huella de Julio en la elaboración de guiones y en los argumentos, aun cuando muchas veces su obra quedaba en segundo plano”. Luciano insistía en que su importancia como guionista y asesor dramatúrgico es tan decisiva como su filmografía como realizador. “Hay que analizar las películas de los años sesenta y setenta con Julio García Espinosa en los créditos para ver cuánto significó en su construcción dramatúrgica”.

Escucharlo enumerar películas, anécdotas y procesos creativos era asistir a una memoria prodigiosa, pero también profundamente afectiva. Habló de Cuba baila como homenaje al melodrama y al cine de los años cincuenta; recordó la colaboración con Cesare Zavattini y la huella del neorrealismo italiano en El joven rebelde; defendió apasionadamente La inútil muerte de mi socio Manolo como “una obra maestra absoluta”; evocó el caos de producción de Son o no son, filmada de noche en Tropicana, con escenografías desmontadas y reconstruidas sin descanso. “Julio decía que él se había propuesto dirigir la peor película que se hubiera hecho”, recordó entre risas.

Luciano, en su intervención, no eludió tampoco el terreno de las preferencias ni de las discrepancias, y eso dio a su homenaje una densidad muy particular. Reconoció sin ambages que hay películas de Julio que le resultan más cercanas que otras, y expresó su distancia estética con Son o no son, aunque respetando su intención rupturista. A la vez, confesó su admiración por obras menos atendidas, como La inútil muerte de mi socio Manolo, a la que considera una obra mayor, y por Aventuras de Juan Quinquín como síntesis vibrante de música, dramaturgia y cine. En ese vaivén entre acuerdo y disenso, dejó claro que su lectura de Julio no es devoción acrítica, sino diálogo permanente.

Y ahí aparecía también el propio Luciano: el restaurador de memorias. El hombre capaz de impulsar durante años, desde la paciencia y la obstinación, la restauración de Aventuras de Juan Quinquín en la Cinemateca de Lisboa.
Contó cómo, al verla nuevamente restaurada en el cine Yara, todos quedaron “estupefactos”. “Es una película que se filmó hoy por la mañana”, dijo. Habló también de la música de Leo Brouwer como una de las mejores del cine cubano y de la capacidad de Julio para elegir actores inolvidables.

Allí recordé algo muy personal. Hace años, cuando empezaba a trabajar y asistía todavía con asombro a mis primeros Talleres, alguien me encargó transcribir unas cintas de casete donde estaban grabadas ponencias de la edición reciente. Entre aquellas voces estaba la de Luciano. En esos días pasaba un ciclón por la ciudad y mi padre improvisó, con una batería de carro, una lámpara precaria para que yo pudiera seguir trabajando en medio del apagón.

Aquellas memorias del Taller dejaron después de publicarse, golpeadas por la crisis editorial cubana y por las precariedades materiales que conocemos. Y quizá por eso comprendí mejor cuánto depende la memoria cultural de personas concretas que se empeñan en preservarla. Personas como Luciano.

Porque más allá del investigador minucioso, del crítico brillante o del reciente Premio Nacional de Cine, hay en Luciano Castillo una vocación profundamente ética: salvar del olvido. Restaurar películas, rescatar documentos, transmitir historias, defender nombres, reconstruir contextos. Gran parte del alma cinematográfica cubana sobrevive también gracias a personas así.

A veces siento que muchos aprendimos a mirar el cine cubano a través de Luciano Castillo: escuchándolo, leyéndolo, viendo cómo defendía una película, cómo discrepaba de otra, cómo era capaz de hablar de un clásico o de una rareza perdida con el mismo entusiasmo, cómo podía pasar del análisis más riguroso a la anécdota más entrañable. Hay personas que terminan convirtiéndose en archivo vivo. Y quizá por eso, mientras lo escuchaba hablar de Julio García Espinosa, pensé que de algún modo sigo teniendo aquella voz adentro.